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La cita médica, el estado de cuenta y la constancia que antes se resolvían en una ventanilla hoy piden entrar a un portal. Y la mayoría de las veces el problema no es que la persona mayor no sepa usar el teléfono: es que nadie le enseñó ese trámite en concreto, y quien la acompaña acaba haciéndolo por ella para terminar antes.
Esta guía es para el hijo, la nieta, el vecino o el cuidador que se sienta al lado. No enseña “internet”. Enseña un método para acompañar en trámites digitales de manera que la próxima vez la persona lo pueda hacer sola, y explica dónde entra cada trámite y qué hacer cuando el portal falla.
Conviene nombrar bien el problema porque de ahí sale la solución. Una persona de 75 años que nunca necesitó una computadora no tiene un déficit: tiene una ventanilla que se mudó sin avisarle. La diferencia importa, porque lo primero se vive como incapacidad y lo segundo como un cambio administrativo al que uno se adapta.
Ese cambio además llegó por partes y sin orden. Cada institución armó su portal con reglas distintas, unas piden CURP, otras número de seguridad social, otras un correo que la persona quizá nunca abrió. Aprender “internet” no resuelve nada, porque no hay un internet que aprender: hay trámites sueltos, cada uno con su puerta.
De ahí la primera decisión práctica de esta guía: no se enseña la herramienta, se enseña el trámite. Una tarea concreta, con principio y final, que la persona repite hasta que le sale sola. Aprender a consultar el depósito de la pensión es una meta; aprender a usar el celular no lo es.
Buena parte de los intentos fallidos no fracasan por torpeza sino porque falta un dato a la mitad del formulario. Antes de sentarse conviene tener a la mano, en papel y en un solo lugar:
Ese último punto es el que más veces arruina el intento. Los códigos de verificación caducan en minutos, así que si el teléfono está en otro cuarto o sin pila, el trámite se cae aunque todo lo demás esté bien.
Sobre el correo hay que insistir. Poner el correo del familiar parece práctico y es la trampa más común: a partir de ese momento todos los avisos, las citas y las claves llegan a otra persona, y la persona mayor queda dependiendo de que alguien le reenvíe su propia información. Un correo propio, con la contraseña anotada en un cuaderno físico, es lo que la mantiene como titular de sus asuntos.
El método que funciona es aburrido y por eso funciona. Una sesión, un trámite. Nada de aprovechar que estamos aquí para ver también el banco y de paso configurar el correo.
La sesión ideal dura poco y se repite. La primera vez lo hacen juntos, con la persona sosteniendo el teléfono. La segunda vez la persona lo hace y quien acompaña solo mira. La tercera lo hace sola y avisa si se atora. Tres repeticiones separadas por días valen más que una tarde entera de explicaciones.
Ayuda enormemente escribir los pasos a mano en una hoja, con las palabras que la persona usa, y dejarla pegada donde guarda los papeles. No una captura de pantalla: una hoja escrita. Cuando el portal cambie de aspecto, y va a cambiar, esa hoja se corrige con un lápiz en treinta segundos.
Y conviene decir en voz alta lo que uno hace mientras lo hace. “Ahora voy a tocar el botón azul de arriba” enseña más que hacerlo en silencio en dos segundos. El objetivo no es terminar rápido, es que la próxima vez no haga falta nadie.
Hay una diferencia enorme entre acompañar y suplantar, y casi siempre se cruza sin mala intención. El acompañante toma el teléfono “un momentito”, resuelve, y la persona se queda sin haber aprendido nada y con la sensación de estorbar en su propio trámite.
Tres acuerdos evitan eso. El primero: el teléfono lo sostiene la persona mayor, siempre. El segundo: quien acompaña señala, no toca. El tercero: si hay que teclear algo largo, se dicta y la persona escribe, aunque tarde.
Cuando por fuerza mayor alguien tiene que hacer el trámite en nombre de otro, conviene dejar rastro: anotar en un cuaderno la fecha, el folio y el monto de lo que se hizo. No es desconfianza, es lo que permite reclamar después si algo sale mal, y lo que mantiene a la persona informada de sus propios asuntos.
Este punto no es solo práctico. Dar por hecho que alguien ya no puede con un trámite por su edad tiene nombre y se llama edadismo, y aparece más en la familia que en la ventanilla. Preguntar antes de tomar el teléfono cuesta tres segundos.
Estas son las puertas oficiales de los trámites que más se piden. Vale la pena escribir la dirección a mano en el navegador, o llegar desde el buscador al sitio oficial, en lugar de abrir enlaces recibidos por mensaje.
Una advertencia sobre los portales de gobierno: cambian de aspecto sin avisar y a veces se caen en días de mucha demanda, sobre todo a principio de mes. Que algo no funcione un martes por la mañana no significa que la persona lo esté haciendo mal.
Muchas dificultades que parecen de comprensión son en realidad de tamaño de letra. Antes de enseñar cualquier trámite conviene dedicar diez minutos a dejar el aparato cómodo, y ese rato se recupera con creces.
Hay tres ajustes que cambian la experiencia por completo. El primero es agrandar la letra del sistema, que en Android está en la configuración de pantalla y en iPhone en pantalla y brillo. El segundo es aprender a acercar la imagen con dos dedos, un gesto que resuelve los formularios con letra diminuta que ningún ajuste global corrige. El tercero es subir el contraste o activar el modo de texto en negritas, que ayuda cuando el portal usa gris claro sobre blanco.
Vale la pena también revisar el navegador. Muchos portales de gobierno fallan en navegadores viejos o poco comunes, y el mismo trámite que se atoraba entra sin problema desde uno actualizado. Si el teléfono lleva años sin actualizarse, ese suele ser el cuello de botella real.
Un último detalle que ahorra frustraciones: desactivar la rotación automática de pantalla. Un formulario a medio llenar que gira de golpe porque la persona movió la muñeca puede perder lo escrito, y eso se vive como un error propio cuando no lo es.
Estos ajustes se hacen una sola vez y sirven para todo lo demás, desde los trámites hasta los mensajes de la familia. Es la única parte de esta guía donde sí conviene “tocar el teléfono” de la otra persona, y siempre pidiéndole permiso primero.
Digitalizar los trámites abrió la puerta a un negocio paralelo. Conviene conocer sus dos formas más comunes.
La primera es el gestor que cobra por hacer en línea lo que es gratuito. Sacar una CURP, pedir una cita médica o agendar la credencial del INAPAM no cuestan nada. Si alguien cobra por hacer el trámite, está cobrando por el tiempo, no por el servicio, y conviene saberlo antes de pagar.
La segunda es el mensaje que llega por WhatsApp o por texto con un enlace y una urgencia. Ningún trámite legítimo pide contraseñas, NIP ni códigos de verificación por mensaje, y ninguna institución avisa por esa vía que la pensión se suspende si no se da clic hoy. La regla que resuelve casi todos los casos: no se abre el enlace recibido, se entra al sitio oficial escribiendo la dirección a mano.
Y una regla de higiene que vale para toda la familia: las contraseñas no se comparten por mensaje. Si hay que pasarlas, se dictan por teléfono o se escriben en el cuaderno de casa.
Que un portal falle es normal y no siempre hay solución en línea. Antes de insistir treinta veces conviene descartar lo simple: que la sesión no haya caducado, que el navegador esté actualizado, que el documento se esté subiendo en el formato que pide.
Si aun así no avanza, la ventanilla presencial sigue existiendo. El IMSS, el ISSSTE, las oficinas del Bienestar y los módulos del INAPAM mantienen atención en persona, y hacer fila conserva a la persona como titular del trámite en vez de dejarla dependiendo de un familiar con computadora. La fila es más lenta, pero termina.
Vale la pena aprovechar el viaje: al ir presencialmente se puede pedir que dejen el trámite configurado para la próxima, o preguntar por qué falló, que muchas veces es un dato mal capturado años atrás y no un problema del día.
¿Es mejor que yo haga el trámite y ya? Resuelve hoy y crea dependencia mañana. Si el trámite se repite, como la cita médica o la consulta del saldo, conviene invertir las tres sesiones de aprendizaje. Si es algo que ocurre una vez en la vida, hacerlo acompañado tiene sentido.
¿Puedo usar mi correo para el trámite de mi mamá? Técnicamente sí y es una mala idea. A partir de ahí sus citas, sus claves y sus avisos llegan a tu bandeja, y ella deja de tener acceso a su propia información. Crear un correo propio toma diez minutos una sola vez.
¿Y si no tiene teléfono inteligente? Varios trámites se pueden hacer desde una computadora prestada o en un módulo presencial. Lo que no conviene es hacerlos desde el teléfono de otra persona de forma permanente, porque los códigos de verificación seguirán llegando ahí.
¿Cómo sé si un sitio es el oficial? Los portales de gobierno mexicanos terminan en gob.mx. Si la dirección tiene palabras añadidas, guiones raros o termina en otra cosa, no es el sitio oficial aunque se vea idéntico.
¿Cuántas veces hay que repetir para que aprenda? Con tres repeticiones separadas por días suele bastar para un trámite concreto. Si después de eso sigue costando, casi siempre es que el trámite tiene un paso mal explicado, no que la persona no pueda.
La medida del éxito de esta guía es sencilla: que la próxima vez que llegue el aviso de la cita médica, quien acompaña no tenga que estar presente.
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