Hay una tercera opción entre quedarse solo en casa y mudarse a un asilo, y en México ya existe. Se llama vivienda colaborativa para personas mayores, o cohousing: un grupo de personas mayores se organiza, compra un terreno, construye casas pequeñas independientes alrededor de espacios comunes, y vive ahí con sus propias reglas. Cada quien tiene su casa y su puerta. La cocina grande, el comedor, el jardín y el taller son de todos.
La diferencia de fondo con una residencia no es el edificio, es quién manda. En un asilo se paga por un servicio y alguien más decide el horario. En una vivienda colaborativa la persona eligió estar ahí, participó en diseñar el lugar y sigue mandando en su día. Esa es la definición que usa la UNAM, y es la que conviene tener presente al leer todo lo demás.
Esta guía explica qué es, cómo va el modelo en México, cuánto cuesta según la experiencia de otros países, con qué figura legal se puede armar aquí y, sobre todo, las preguntas incómodas que conviene hacerse antes de meter los ahorros.
Una comunidad autoorganizada y autofinanciada. Nadie la vende, nadie la administra desde fuera: la levantan las personas que van a vivir en ella.
La forma típica son casas o departamentos pequeños que dan privacidad a cada persona o pareja, más áreas comunes que el propio grupo decide según lo que necesita. Suele haber cocina y comedor comunitarios, zona de ejercicio, espacios abiertos y, en algunos casos, un consultorio.
Y hay una diferencia práctica que la gente nota antes que ninguna otra: en un asilo, con frecuencia la persona no puede salir cuando quiere. Aquí sí, porque está en su casa.
Ya no es una idea importada de la que solo se habla en congresos.
La Red de Cohousing México nació de los seminarios de investigación de la doctora Margarita Maass, en el Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades de la UNAM. Agrupa a personas que están armando proyectos en Torreón, Mérida, la Ciudad de México, Oaxaca, Querétaro, San Miguel de Allende, León y Guadalajara, y acompaña a los grupos con arquitectos, psicólogos, abogados, nutriólogos y especialistas en comunicación, que es justo el tipo de ayuda que un grupo de vecinos no tiene a la mano.
El proyecto más avanzado se llama La Guancha y está en Malinalco, Estado de México, a unos cien kilómetros de la Ciudad de México. Arrancó en 2009 como un proyecto académico de la propia doctora Maass. Hoy son 28 personas mayores involucradas, seis casas construidas y seis personas viviendo ahí, con nueve viviendas más en camino. Lo levantaron con dinero de sus pensiones y sus ahorros, y reparten entre todos los gastos de comida y mantenimiento.
Para dimensionarlo con honestidad: un reportaje de agosto de 2024 contaba doce proyectos en el país. Son pocos, y casi todos jóvenes. Quien entra hoy entra a construir, y no a mudarse a algo que ya esté terminado.
En febrero de 2026 la UNAM abrió además un seminario taller gratuito sobre cohousing y calidad de vida de las personas mayores, señal de que el tema dejó de ser marginal en la academia.
En México todavía no hay una tabla de precios, porque cada grupo construye lo suyo. Donde el modelo lleva años funcionando es en España, y su forma de pagar es la referencia que más se cita.
Allá la mayoría de los proyectos se arman como cooperativa en cesión de uso. Funciona así: el inmueble es siempre de la cooperativa, y la persona, como socia, tiene el derecho de usar su vivienda y las áreas comunes por tiempo indefinido.
Ese último punto es el que hace que el modelo no sea una apuesta a ciegas: el dinero no se pierde si la convivencia no funciona.
Aquí conviene ser claro: México no tiene una ley de vivienda colaborativa. No hay una figura hecha a la medida, así que los grupos usan las que ya existen, y cada una tiene su costo y su carácter.
La copropiedad. El Código Civil la define como un bien que pertenece de forma indivisa a varias personas. Es la más simple de constituir y la más incómoda de vivir: las decisiones importantes exigen acuerdo entre copropietarios y la salida de uno puede complicarse.
El régimen de propiedad en condominio. Cada quien es dueño de su casa y copropietario de lo común. Se constituye ante notario, igual que un testamento, con una escritura que se inscribe en el Registro Público de la Propiedad, y trae de fábrica lo que un grupo necesita para no pelearse: asamblea, administrador y reglamento.
La asociación civil. Se usa como complemento, y su ventaja práctica es concreta: permite que el grupo tenga cuenta bancaria propia, firme contratos y administre el dinero común sin que todo pase por la cuenta personal de alguien.
Lo que casi todos los proyectos terminan haciendo es combinar dos: el condominio para la propiedad y la asociación civil para la operación. Esto se decide con un notario y un abogado antes de comprar el terreno, porque rehacer la estructura legal de un grupo ya formado sale caro y desgasta.
Estas son las que hunden proyectos, y ninguna es técnica.
¿Qué pasa cuando alguien enferma de gravedad? El cohousing no es una residencia con enfermería. Un grupo que no acordó por escrito qué hace cuando un miembro necesita cuidados de tiempo completo acaba improvisando en el peor momento.
¿Quién decide y cómo? Por mayoría, por consenso, con qué quórum. Suena burocrático hasta el día del primer desacuerdo serio.
¿Cómo se sale? Si alguien se arrepiente, se muda con un hijo o fallece, qué pasa con su parte y quién puede entrar en su lugar. Esto se escribe al principio, cuando todos se llevan bien.
¿Y si el grupo se rompe antes de construir? Conviene que el dinero de las aportaciones esté en una cuenta a nombre de la figura legal, nunca en la de una persona.
¿Aguanta el cuerpo la distancia? Varios proyectos mexicanos están fuera de las ciudades, donde el terreno es barato. Pregúntese a qué distancia queda el hospital, y si a los ochenta años ese trayecto seguirá pareciendo razonable.
Si la idea le interesa, el primer paso no es buscar terreno.
Es hablar con quien ya lo hizo: acercarse a la Red de Cohousing México y a los grupos que están armando proyectos en las ciudades de la lista. Preguntar cuánto han tardado, en qué se equivocaron y cuánto han puesto.
El segundo es encontrar a las otras personas. El modelo se sostiene en un grupo que se conoce y se aguanta, y eso toma años enteros. La Guancha lleva desde 2009.
Y el tercero, cuando ya hay grupo, es sentarse con un notario a elegir la figura legal antes de comprar nada.
Es un camino largo. Su ventaja frente a las alternativas también lo es: al final de él, la persona sigue viviendo en su casa, decidiendo su día, y con gente cerca.
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