Dolor crónico en personas mayores: hasta dónde aguantarlo y adónde acudir
El dolor crónico en personas mayores tiene una cifra en México: 41.5% de la población de 50 años o más dice sufrir dolor físico a menudo, y la proporción asciende a 44.6% entre quienes ya cumplieron 65. El número viene de una encuesta nacional levantada en 2001 entre 12,459 personas, publicada en 2007 por la revista Salud Pública de México. Tiene más de veinte años y sigue siendo la referencia que el Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores usa en su Manual para la Atención de la Salud en Personas Adultas Mayores (INAPAM, 2023). En ese manual el dolor está en la lista de síndromes geriátricos, al lado de las caídas, la depresión y el aislamiento. En el capítulo donde el mismo documento enumera los cambios que trae el envejecimiento, el dolor no está.
La diferencia entre esas dos listas decide qué hace el sistema de salud. Un cambio propio de la edad se acompaña. Un síndrome geriátrico se mide, se estudia y se trata, y para los casos que no ceden existen servicios especializados dentro del IMSS y del ISSSTE. De ahí que hablar del dolor en el consultorio no sea exagerar, sobre todo cuando ya se dejaron cosas por él: las escaleras, el mandado, las visitas del domingo.
Cuántas personas mayores viven con dolor en México
La prevalencia de 41.5% no se reparte pareja. Entre las mujeres alcanza 48.3% y entre los hombres 33.6%, y crece conforme disminuye la escolaridad. El trabajo, firmado por Abel Jesús Barragán-Berlanga, Silvia Mejía-Arango y Luis Miguel Gutiérrez-Robledo, encontró que el dolor casi nunca viene solo: aparece junto a artritis, caídas, hipertensión, enfermedad pulmonar, depresión, antecedente de cáncer y enfermedad vascular cerebral.
El manual del INAPAM la sigue citando como cifra de trabajo en 2023, señal de que ninguna medición nacional más nueva la ha reemplazado en los documentos oficiales. Ese mismo manual añade un número de la literatura internacional para quienes viven en residencias y centros gerontológicos: entre 70% y 80% de las personas mayores institucionalizadas tienen dolor.
Por qué el dolor persistente no figura entre los cambios de la edad
El manual del INAPAM dedica un capítulo a lo que sí trae el envejecimiento: deterioro de la fuerza y la movilidad, deficiencia sensorial, menor capacidad para combatir infecciones, pérdida de piezas dentarias, disminución de la masa muscular, afecciones en la piel y pérdida de redes sociales y del rol de vida. En otro capítulo agrupa los síndromes geriátricos, cuadros complejos que, según su propia definición, están “originados por la conjunción de enfermedades” y son “origen frecuente de la pérdida de capacidad funcional, social, dependencia”. El dolor está en esa segunda lista, descrito como “la experiencia sensorial y emocional desagradable asociada con una lesión presente o potencial”. Dicho en llano: detrás de un dolor que dura meses suele haber una causa identificable, y a veces varias a la vez. Una articulación desgastada, una columna lastimada, un nervio dañado por la diabetes, la secuela de un herpes zóster o el efecto de un tratamiento prolongado.
Confundir las dos cosas tiene consecuencias medidas. El National Institute on Aging, la agencia federal estadounidense que investiga el envejecimiento, señala que el dolor se reporta y se trata menos de lo debido entre personas mayores porque el personal médico, las familias y los propios pacientes dan por hecho que forma parte natural de envejecer. La Guía de buena práctica clínica en Geriatría: Dolor crónico en el anciano (Sociedad Española de Geriatría y Gerontología, 2016) lo pone en términos más duros: las personas mayores son el grupo de edad que más tiende a subestimar su propio dolor y, cuando no lo callan, la queja aparece ante el médico disfrazada de cambio de carácter, de deterioro funcional o de encierro. Nadie aguantó por descuido: la idea de que el dolor viene incluido con la edad la sostienen por igual los consultorios, las familias y quien lo padece, y deshacerla no es cosa de voluntad personal.
Existe además un piso de derechos. La Declaración de Montreal, adoptada en 2010 por la Asociación Internacional para el Estudio del Dolor, reconoce el acceso al manejo del dolor como un derecho humano sin discriminación, junto con el derecho a recibir información sobre cómo puede evaluarse y tratarse. La Organización Mundial de la Salud, en su ficha Envejecimiento y salud actualizada el 1 de octubre de 2025, ubica los dolores de espalda y cuello y la osteoartritis entre las afecciones más comunes de la vejez y advierte sobre el edadismo, esa costumbre de dar por supuesto “que las personas mayores son frágiles o dependientes”.
Qué significa manejar el dolor y qué no promete
La palabra que usan los especialistas es manejo, y está elegida a propósito. El objetivo del manejo es reducir la intensidad del dolor y su interferencia lo suficiente para que la persona duerma, camine y salga de casa. No es hacerlo desaparecer, y no siempre se consigue del todo. Vender lo contrario es la manera más rápida de que alguien deje el tratamiento a la tercera semana.
El primer paso es medirlo, y para eso hay escalas simples. El manual del INAPAM usa una pregunta directa, del 1 al 10, sobre la intensidad del dolor, y una escala aparte, la PAINAD, para valorar a personas con demencia avanzada que ya no logran describir lo que sienten. A partir de ese número, el abordaje suele combinar cuatro frentes: tratar la causa cuando la hay, medicamentos que el médico ajusta uno por uno, rehabilitación física y terapia ocupacional, y acompañamiento psicológico. El ISSSTE describe justo esa mezcla en sus servicios de dolor, donde la rehabilitación física, la terapia ocupacional y la psicología trabajan al parejo con el tratamiento farmacológico.
El ajuste de medicamentos merece párrafo aparte porque en la vejez funciona distinto. La guía de la sociedad española de geriatría advierte que el organismo procesa los fármacos de otra manera después de los 65 años: el filtrado renal disminuye, la distribución del medicamento en el cuerpo cambia y el riesgo de interacción crece cuando ya hay cinco o más recetas activas. La dosis que le sirve a un hijo de 40 años no es referencia para nadie, y automedicarse abre un problema nuevo encima del que ya había. Esa parte solo la resuelve el personal de salud con el expediente enfrente.
Lo que sí ayuda antes de la cita médica es llegar con información ordenada. Cinco datos bastan:
- Desde cuándo duele. Semanas, meses o años, con la fecha aproximada en que empezó.
- Dónde duele exactamente. Rodilla derecha, zona baja de la espalda, ambas manos.
- Qué tan fuerte. Un número del 1 al 10, y si cambia de la mañana a la noche.
- Qué actividades se dejaron por ese dolor. Las escaleras, el mandado, la misa, el club.
- Qué se ha tomado y con qué resultado. Incluidos remedios de herbolaria y pomadas.
Adónde acudir en México: del médico familiar a la clínica del dolor
La puerta de entrada casi siempre es la misma, y es la de primer nivel. De ahí sale la referencia hacia geriatría, rehabilitación, reumatología o, en los casos que no responden al tratamiento habitual, hacia una clínica del dolor. Antes de pedir esa referencia ayuda saber qué hace un geriatra y en qué se distingue de otros especialistas, porque es el médico entrenado para mirar el dolor junto con los otros padecimientos y los medicamentos que ya se toman.
| Institución | Quién puede acudir | Puerta de entrada | Qué se encuentra |
|---|---|---|---|
| IMSS | Derechohabientes vigentes | Cita con el médico familiar de su Unidad de Medicina Familiar, por la app IMSS Digital o en citamedicadigital.imss.gob.mx, con CURP o número de seguridad social y un correo | Valoración y referencia a geriatría, rehabilitación, reumatología o clínica del dolor |
| ISSSTE | Trabajadores, pensionados, jubilados y sus familiares | Cita en la clínica de medicina familiar de adscripción, por ISSSTETEL 55 4000 1000 o en citamedica.issste.gob.mx, con RFC o CURP | Valoración y referencia a los 30 servicios de clínica del dolor de segundo y tercer nivel |
| IMSS Bienestar | Personas sin seguridad social | Centro de salud que corresponde por domicilio | Valoración médica y referencia al hospital general de la zona |
| Salud Casa por Casa | Personas de 65 años o más y personas con discapacidad que reciben Pensiones para el Bienestar | La visita se hace en el domicilio después de contestar el Censo de Salud y Bienestar; si no ha ocurrido, línea 800 639 4264 de la Secretaría del Bienestar | Revisión periódica de signos vitales, movilidad y estado de ánimo, con cartilla de seguimiento |
En el IMSS la referencia sale del médico familiar de la unidad donde está registrada la persona. El instituto sostiene desde 2010 el programa GeriatrIMSS, dedicado a implantar la atención geriátrica en unidades médicas y a formar personal en Geriatría. Para el dolor musculoesquelético que ya no cede hay un centro de referencia nacional: la Clínica del Dolor y Cuidados Paliativos del Hospital de Traumatología y Ortopedia “Dr. Victorio de la Fuente Narváez”, en Magdalena de las Salinas, Ciudad de México, que atiende un promedio de 9 mil pacientes al año con dolor crónico de origen musculoesquelético, neuropatías y afecciones de columna, según el comunicado del instituto del 15 de noviembre de 2023. Aparte corre PALIATIMSS, el programa de cuidados paliativos que desde septiembre de 2019 trabaja en las 25 Unidades Médicas de Alta Especialidad y está dirigido a enfermedad avanzada.
En el ISSSTE, la coordinación Paliativissste agrupa 30 servicios especializados de clínica del dolor repartidos en segundo y tercer nivel de atención, con equipos que suman rehabilitación física, terapia ocupacional, psicología y medicina tradicional china, de acuerdo con el comunicado institucional del 17 de octubre de 2024. Ese mismo comunicado describe a quiénes reciben: personas con enfermedades crónico-degenerativas como cáncer, insuficiencia renal, pulmonar y cardiaca, alteraciones neurológicas y demencias. Para un dolor de rodilla o de espalda, entonces, la ruta razonable arranca antes, en geriatría, rehabilitación o reumatología, por referencia de la clínica de medicina familiar.
Para quien no tiene seguridad social, la ruta pasa por el centro de salud de su localidad y el hospital general que le corresponda. A eso se sumó una vía que opera en el domicilio: el programa Salud Casa por Casa, dirigido a personas de 65 años o más y a personas con discapacidad que reciben Pensiones para el Bienestar, acumulaba 24.8 millones de visitas médicas a domicilio al 25 de agosto de 2026, con más de 20 mil enfermeras, enfermeros y médicos en campo. No hay que pedirla: la visita se hace después de contestar el Censo de Salud y Bienestar, y quien cumple los requisitos y no la ha recibido puede reportarlo a la línea 800 639 4264 de la Secretaría del Bienestar. Esa visita en casa es un momento razonable para plantear el dolor y pedir la referencia, sobre todo cuando salir ya cuesta trabajo.
El dolor que nadie atiende también quita salidas y compañía
Aquí es donde el asunto deja de ser médico y se vuelve cotidiano. En el estudio mexicano de 2007, entre las personas de 65 años o más que dependían de alguien para bañarse, vestirse o desplazarse, 62.1% reportaba dolor. Entre quienes seguían siendo independientes en esas mismas actividades, el porcentaje era de 38.7%. La brecha se repite en tareas como preparar la comida, hacer el mandado o manejar el propio dinero: 59.9% contra 40.1%. El manual del INAPAM lo resume en una línea incómoda: el dolor es una de las tres condiciones que más discapacidad generan en esta población.
Ningún estudio de este tipo dice qué ocurre primero. Lo que muestra es que van juntos, y la cadena que describen los geriatras se reconoce a simple vista: duele caminar, entonces la caminata se acorta; se acorta la caminata y se cancela el club; se cancela el club y se pierde el trato con la gente; se pierde el trato y el ánimo decae, con lo que el mismo dolor se siente peor. La guía española de geriatría documenta la asociación directa del dolor crónico con depresión, aislamiento social, insomnio y deterioro de la marcha. Cada eslabón que se rompe cuesta más trabajo recuperarlo que sostenerlo.
Retomar lo que se dejó, con el dolor bajo control
La Organización Mundial de la Salud define el envejecimiento saludable como “el proceso de fomentar y mantener la capacidad funcional que permite el bienestar en la vejez”, y aclara que la capacidad funcional consiste en “tener los atributos que permiten a todas las personas ser y hacer lo que para ellas es importante”. Bajo esa definición, el tratamiento se mide por lo que la persona recupera: la caminata del domingo, el coro, el taller de carpintería, cargar al nieto sin calcular después el precio de haberlo hecho.
Ese regreso se planea. Conviene nombrar dos o tres cosas concretas que se dejaron por el dolor y ponerlas sobre la mesa en la cita médica, porque eso le da al personal de salud una meta verificable y a la persona un motivo para sostener el tratamiento. Después toca reconstruir el calendario: los clubes de la tercera edad, que el INAPAM coordina con los sistemas DIF estatales y municipales, son gratuitos y ofrecen coro, tai chi, baile regional, pintura, cachibol y círculos de lectura; la inscripción se hace en la oficina del INAPAM o en el DIF municipal más cercano, con la credencial. Retomar de a poco funciona mejor que esperar a estar del todo bien, porque ese día completo sin molestia puede no llegar nunca y no es requisito para nada.
El edadismo que menciona la OMS también opera desde adentro, en forma de una idea que se instala sin que nadie la discuta: a esta edad ya para qué. Esa frase, dicha después de años de dolor sin atender, casi nunca es una decisión tomada en frío.
Quien acumula meses de dolor y ya recortó salidas por esa razón tiene un siguiente paso concreto: pedir cita con su médico familiar, describir el dolor con fecha de inicio, intensidad y actividades perdidas, y solicitar la referencia al servicio que corresponda. En el IMSS esa cita se agenda por la app IMSS Digital o en citamedicadigital.imss.gob.mx; en el ISSSTE, por ISSSTETEL 55 4000 1000 o en citamedica.issste.gob.mx; para quien no cotiza, en el centro de salud que le toca por domicilio. Nadie garantiza que el dolor se apague por completo, y esa promesa tampoco se la hace la medicina a nadie. Lo que cambia con la cita es que el dolor deja de ser un asunto privado que se administra en silencio y pasa a ser un problema con expediente, tratamiento y alguien más a cargo.
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